
Hacía seis horas que el viejo miraba esa mancha oscura sobre el blanco techo del cuarto. Miles de hipótesis cruzaban su cabeza: ¿Era humedad, quizá sangre o...?
No podía respirar bien, no sabía si por la crisis sufrida o por los incómodos tubos que tenía introducidos en las fosas nasales.
¿Qué fue lo que
falló? ¿El corazón? No estaba seguro, no importaba; lo cierto era
que a su edad cualquier cosa podía ser grave.
Lo cierto era que se encontraba en esa cama de hospital, sin saber cómo
llegó, sin poder comprender lo que decían esos rostros que de tanto en tanto se
inclinaban sobre él, sin sentir dolor a pesar de tener los brazos azules a
causa tantas agujas, sin cerrar los ojos, condenado a mirar esa mancha en el
techo.
Sin embargo su cerebro seguía
funcionando. Recordaba las
inconmensurables caderas de la despampanante rubia que fungía de anfitriona en
esa aburrida convención a la que asistió hacía una semana. La misma rubia que dos días más tarde aceptó
sin cargos de conciencia pasar un fin de semana con él, luego de echarle una
discreta mirada a su billetera. La misma
por la que a escondidas compró el “viagra”.
Recordaba la suite con vista a la playa de ese exclusivo hotel, la
sauna, el jacussi, los tres pisco sour que se tomaron, el cuerpo desnudo de
¿Cómo se llamaba? Recordaba la
pastillita azul que se tomó a escondidas, los delicados pliegues de las sábanas
sobre las caderas de ¿Vanessa, Teresa?
Recordaba esa ligera presión en el pecho y... luego, la nada.
Y luego el cuarto
de hospital (¿Qué hospital?) con tantos rostros graves sobre él. Debía estar en cuidados intensivos, pensó,
pues ninguno de los rostros que desfilaban cada quince minutos pertenecía a su
familia.
—Seguro que estoy muy
grave, no dejan que me vean... No debí haber tomado esa maldita pastilla... voy
a morir. — Se dijo — Voy a morir — Y al
fin cerró los ojos.
El viejo se despertó sintiéndose más ligero. Lo primero que vio fue la mancha en el techo
y volteó sin dificultad el rostro para no seguir viéndola. Le habían sacado los tubos y las agujas. Su mirada recorrió lentamente el cuarto y se
detuvo en la puerta. Una hermosa mujer
se encontraba recostada en el marco.
Llevaba un vaporoso
vestido de gasa negra, un amable escote mostraba la mitad de sus senos y parte
de su vientre... y casi su ombligo. El
viejo temió otro ataque.
—¿Te
asusté?— Le preguntó una voz apetitosa que salió de unos aún más apetitosos
labios pintados de rojo.
La mujer se acercó
ondulante hacia él. Sus ojos eran
negros, profundamente negros, no se podían distinguir las pupilas.
—No temas. —Le dijo. —Ya
nada malo puede pasarte. Vengo a
llevarte conmigo .—Luego se acercó a su oído y le
susurró. — Soy la muerte. —Un cálido aliento cosquilleó su oreja.
El viejo no tuvo tiempo de
asustarse, la mujer le quitó las sábanas y empezó a desatarle el pantalón del
pijama.
—Vas a ver, esto es muy
fácil. Antes de que te des cuenta ya
estarás muerto. ¡Ni siquiera te dolerá!
La mujer se detuvo como
para evaluar el sexo del viejo.
—Bueeeno,
no se puede ser muy exigente a tu edad ¿no? Pero tú déjamelo a mí. Vas a ver cómo despierto esto y terminamos antes de que te puedas dar
cuenta.
Luego de lo cual ella se
metió la verga completa en la boca. En
ese momento el viejo creyó verlo todo claramente. ¡Era víctima de una
maniática! La mujer se creía la muerte y
violaba a los enfermos moribundos ¡Hasta matarlos! Pero el viejo empezó a
sentir un calorcito muy agradable que comenzaba en el glande y terminaba en sus
mejillas, así que decidió no tener fuerzas para luchar contra ella.
La mujer parecía experta
en el asunto. Una prostituta sin
duda. Sus labios tocaban la base del
pene rozando el vello púbico ya blanco del viejo. Succionaba con fuerza mientras su lengua
lamía la punta. El viejo pensó que eso
era técnicamente imposible de realizar.
Creía tener suficiente experiencia, haber probado las más excéntricas
posiciones, sin embargo nunca había conocido una mujer que pudiese meterse todo
un pene en la boca y al mismo tiempo lamer el glande ¿Lengua retráctil?
No le costó mucho excitar
al viejo, aunque por supuesto no tuvo una erección espectacular; a su edad....
La mujer se sacó el sexo de la boca y lo volvió a observar.
—Hmmm...
Creo que eres talla small.
Se levantó la falda y se
trepó ágilmente a la cama. Sus muslos
eran gruesos, carnosos, su piel aterciopelada, el vello negro de su pubis
formaba un gracioso y perfecto triángulo que en la punta dejaba entrever un
pequeño botón rosado. El viejo empezó a
babear.
La mujer sostuvo la poco
firme verga entre sus dedos y se la
introdujo lentamente en la vulva. El
viejo se sorprendió al sentir un sexo que parecía hecho a su medida; le
apretaba suave pero firmemente el pene.
—Puedo adaptarme a todas
las medidas del mundo; small, medium, large... y mentiroso. —Rió la mujer.
Con asombrosa agilidad
comenzó a subir y bajar. El no pudo evitar lanzar una curiosa mirada a
las piernas de la mujer. Sus músculos no
se marcaban como en esas horribles piernas de atletas, sin embargo ella se
sentaba y se levantaba una y otra vez sin cansarse, sin transpirar. Él alzó las manos temblorosas para abrir aún
más el escote, quería ver sus pechos desnudos... pero sus manos cayeron
pesadamente a los lados.
Ella acercó el busto hacia
el rostro del viejo, apenas si necesitó mover un poco los hombros para que su
vestido terminase de abrirse completamente
y sus pechos lo inundaron todo.
—¿Es...
que acaso me lee la mente? —Pensó él.
—¿Es
que recién te das cuenta?—Le contestó ella.
El viejo se estremeció, no
estaba muy seguro si por placer o por temor.
Todo era tan extraño. Tenía
miedo, pero tampoco podía ser indiferente, a pesar de su edad, a lo que hacía
con él esa hermosa mujer.
Sentía Su verga
esplendorosamente erecta, hacía muchos, pero muchos años que eso no
sucedía. Su pulso se aceleró
violentamente, su sangre hervía, sus venas parecían a punto de reventar, su
cuerpo totalmente mojado era preso de incontrolables convulsiones, y hacía
muchos, muchos años que eso tampoco
sucedía, normalmente apenas si sentía un ligero cosquilleo, pero no esa
vertiginosa e intensa sensación que pronto lo invadiría y tuvo miedo de no
poder soportarlo.
Y pronto lo invadió, se
apoderó de él, tuvo después de tantos años un orgasmo, uno muy bueno, quizá el
mejor de toda su vida.
No supo durante cuánto tiempo había dormido cuando abrió
los ojos. Se llevó las manos a la cabeza
y se asombró de encontrarla con cabello.
El joven se incorporó violentamente, miró sus manos, parecían no
pertenecerle; tocó su rostro, su piel era lisa y firme.
—Veinticinco años, la edad
ideal. ¿No es cierto?—La mujer lo miraba
apoyada sobre la pared con los brazos cruzados.
El joven se sentó al borde
de la cama.—¿Qué pasó? —Preguntó.
—¡Vaya!
Creí que eras mudo.—Le contestó la mujer.—Ya te lo
dije, soy la muerte y acabo de ayudarte a cruzar el umbral.
El joven se quedó un largo
rato con la boca abierta, mirando a la mujer sin saber qué pensar. Ella sonriente lo miraba, como aguardando.
—O sea... que estoy
¿muerto?
Ella lanzó un suspiro y
meneó ligeramente la cabeza, luego sonrió comprensiva.
—Sí
El joven miró alrededor de
él, se encontraba en un cuarto de un azul pastel brillante, el único mueble
existente era la banca, inmensa y mullida cama sobre la que estaba
sentado. El cuarto no tenía
ángulos. Una puerta de un blanco
nacarado rompía la monotonía del azul.
Él estaba vestido con lo que parecía ser un mono de trabajo del mismo
blanco de la puerta.
—¿Esto
es el cielo? —Preguntó
La mujer rió. —No, es sólo
una antesala.
—¿Voy
a ir al cielo?
—Después de cumplir con
ciertas formalidades, sí.
—¿No
me castigarán por haber sido mujeriego?
La mujer lo miró con una
pizca de burla en los ojos.
—No. Eso no es un pecado,
tan sólo una estupidez.—Agregó acercándose a él. —Nunca
te casaste, así que no le fuiste infiel a nadie. —Se sentó en la cama, a su
costado —Trabajaste durante toda tu juventud para llegar a ser lo que querías,
y lo lograste sin hacer nada deshonesto.
Ayudaste a tu familia, fuiste un jefe justo, pagaste tus impuestos (Ya
sabes, eso de dar al Cesar lo que es del Cesar)
Bueno, en fin... Cuando te diste cuenta que estabas envejeciendo
decidiste recuperar el tiempo perdido.—La mujer lo
miró directamente a los ojos con algo de lástima. —Eras tan ingenuo que jamás
sospechaste que esas mujeres mucho más jóvenes que tú, se acercaban a ti sólo
por tu dinero. Ellas obtuvieron lo que
querían y nunca heriste a nadie, pues nadie se enamoró de ti. No jugaste con sentimientos, jugaste con tu
dinero, compraste caricias, en todo caso eso sólo constituye una infracción
menor... como comer demasiado chocolate por ejemplo.
El se sonrojó con esas
palabras que lo hacían sentir como un perfecto estúpido y pensó que algo debía
decir para romper el embarazoso momento. —O sea que estoy muerto.
La mujer se exasperó un
poco. —Voy a pensar que eres realmente tonto. ¿Quieres más pruebas?
—¿Puedo
hacer otra pregunta?
Ella hizo un gesto mezcla
de enfado y aburrimiento, pero controlándose asintió con la cabeza.
—Si así es la
muerte...entonces...¿qué pasa cuando muere una mujer?
Ella lo miró como se mira a una estúpida tortuga tratando de continuar su camino al verse reflejada en un espejo.
—¡ Es la pregunta más absurda que jamás me hayan hecho! ¡¿Pero, no vez que soy la muerte?! ¡No tengo cuerpo! ¡Tomo la forma que quiero! ¡¿O eres tan tonto que crees que tu concepto de la mujer ideal, ES la mujer ideal?!
Él bajó los ojos tímidamente. —Está bien, ya entiendo, no se enoje. —Balbuceó.
La mujer cerró los ojos y tomó una bocanada de aire para tranquilizarse. El joven no pudo evitar mirar de reojo cómo se levantaban sus abultados senos al respirar. Luego sonriendo, ella dijo.- Bueno, aquí me quedo yo: lista para el siguiente. – Levantó el brazo y señaló la puerta, ésta se abrió. En el marco apareció un bonito joven rubio que llevaba el mismo mono que él, pero que se veía más pegado al cuerpo. Sus cejas parecían ligeramente depiladas, sus ojos celestes se veían graciosamente enmarcados por unas pestañas rizadas como las de una muñeca, sus labios eran de un rosa casi irreal.
—Hooola. —Le dijo el bonito.
La mujer se levantó de la cama. Al volver el rostro vio que el joven se había quedado una vez más con la boca abierta. Ella lo tomó del brazo y bruscamente lo puso de pié.
—El te acompañará a cruzar la puerta, te dirá todo lo que quieras saber, hasta que a tu vez tú seas el ángel guardián de alguien.
Luego de quedarse un rato mudo, boquiabierto y sin pestañear, preguntó: —¿”EL” es mi ángel de la guarda?
Ella sonrió satisfecha. —Sí, ¿no te parece lindo?
El no pudo resistirse y dijo en voz baja. —Estee...”eso”... ¿Tampoco es pecado?
La mujer lo miró con ira y le contestó también en baja voz. —Nunca le fue infiel a su pareja y vivieron muy felices hasta que la muerte los separó. ¿Qué hay de pecado en eso? ¿El señor hubiese preferido un ángel guardián más “machito”? ¿Sabes cuántas veces él te salvó la vida? Ahora por favor, —agregó lanzándole una mirada tan apretada como sus dientes, —¡Vete!
El bonito se acercó haciendo “eses” al caminar y lo tomo gentilmente de la mano. Se dirigieron hacia la puerta sin mirar atrás.
La muerte se llevó una mano al mentón mientras los observaba y meneando la cabeza dijo:—Cada vez mueren más estúpidos estos ateos.
El bonito no soltaba la mano del joven mientras caminaban a lo largo de una hermosa playa de arenas cristalinas. El brillante sol por alguna extraña razón no quemaba sus rostros.
—¿Falta mucho para llegar?
—Un poco.—Contestó el bonito, haciendo un gracioso mohín con los labios.
—¿Estamos en el cielo?
—Aún no.—Le contestó sonriendo coquetamente.—Vamos camino al juzgado. Allí se analizarán tus actos, pero no te preocupes. Al parecer no has hecho nada realmente malo. Te van a imponer trabajo comunitario y dentro de unos meses entrarás al cielo.
—¿Trabajo comunitario? —Preguntó el joven inquieto.
—Significa que serás ángel guardián de alguien durante toda su vida. Claro que los años en la tierra son semanas para nosotros.—Hubo un corto silencio tras el cual continuó el bonito.—Yo fui tu ángel guardián. Ahora mi misión está por terminar. Pronto entraré al cielo y estaré para siempre con Tomás.
El joven pensó que muchas cosas se ignoran en la tierra y nadie sabe lo que es estar muerto hasta que lo vive en carne propia. Lástima que no se puede regresar para contarlo.