
No creas que es fácil para mí
decirte lo que siento, pero es tanto más difícil seguir guardándomelo
todo. Es por eso que he decidido
expresarme claramente y no me importa si quizá, al final de cuentas, no me
entiendas.
Son años de
servirte en silencio, de seguirte fielmente, sin que te hayas dado cuenta de
que en realidad te amo.
No pienses que soy un mal
agradecido. Sé muy bien que si no fuera
por ti en este momento tal vez me encontraría literalmente comiendo basura y
durmiendo en la calle.
También comprendo que tienes una
reputación que cuidar, y no negarás que yo la respeto. Sé que debes guardar la compostura ante tus
amistades mundanas; y dime ¿Acaso no la guardo yo también? No puedes alegar que te haya dejado mal en
público ni una sola vez
Pero quiero que sepas cómo me
tortura tener que sentarme a tu lado, mudo, mendigando de cuando en cuando una
sonrisa, una caricia, deseando estar a solas contigo en nuestro cuarto...
perdón, en tu cuarto.
No sabes con qué ansias
espero el momento en que me llamas a tu cama.
No sabes cómo me gusta verte echada sobre tus blancas sábanas de seda,
abriéndome despacito tus gruesas piernas fofas, mostrándome esa suave pelusilla
negra salpicada de blanco y ese pozo rojo-rojo, húmedo y profundo que me llama,
que me embriaga. Tu olor a marea alta
llega hacia mí de golpe, me provoca vértigos; y yo me acerco lentamente, como
tú lo exiges, mientras tu aroma invade sin medida ni clemencia mis sensibles
fosas nasales ¡Sería capaz de reconocer tu acredad
entre miles!
Me gustaría poder morder esos
grandes colgajos de carne que penden a cada lado de tu pozo rojo-rojo, pero no,
temo tanto hacerte daño. Prefiero hundir
mi nariz en tu raja tibia y beber ese líquido salado y espeso que destilas glop, glop, haciendo ese ruidito tan peculiar que suena
como una dulce música en mis oídos.
Quisiera tener la lengua más larga para llegar más profundo, hasta tu
centro calientito, saladito, rojito como... como el hígado de pollo.
Lamo y lamo sin parar hasta que te
siento gemir como una gatita, hasta que te contraes aprisionando mi
lengua. Podría beberte eternamente, pero
tu me guías hasta el
botoncito arrugado que tienes sobre tu pozo rojo-rojo.
Yo le doy rápidas lengüetadas y esa
tierna protuberancia se mueve de derecha a izquierda, suavecito, crece, se pone
dura, hasta que te estremeces y en un grito ahogado llegas al clímax,
orinándote sobre mi pecho.
Entonces subo pasando mi lengua
sobre tu vientre blando, sobre tus pechos flácidos y te hago cosquillas y ríes
bajito y me acaricias y llego a tu boca en donde meto mi lenguota
tibiecita que sabe a ti.
Sí, me gusta todo eso, me siento
feliz dándote placer. Por eso no deja de
dolerme que tú seas tan poco comprensiva conmigo, que te enfades tanto como
para echarme de tu cama cuando yo mojo tus sábanas con mi blanco chorrito. ¿Qué esperabas? ¿Qué yo sea de fierro? ¿Acaso no tengo
derecho a un poquito de placer?
Creo que merezco un poco más de
respeto; te amo, pero no puedo seguir permitiendo que ignores lo que yo siento,
que me maltrates así.
Sé que sólo soy tu perrito faldero,
tu pequeña bolita de pelos como me
llamas ante tus amistades, pero por favor, ten un poquito de consideración
hacia mis sentimientos. Amar no es un
delito porque hasta el dios amó. Total,
uno también tiene su corazoncito.